Las Ganas de Santiago Lorenzo. Empacho de dulces.

  • Treintañero feucho busca vender mocordo y porlar. A no mucho tardar que van tres años de sequía.

Esta es la premisa de la novela Las ganas del escritor Santiago Lorenzo publicada por Blackie Books, la editorial decidida a convertir tus estanterías en un arcoiris multicolor de libros con tapas sexys y contenidos aún más sugerentes y que seguro tu amigo hipster tiene más de un ejemplar.
La verdad es que ese colorido viene bien para distinguirlos en librerías y bibliotecas y todo hay que decirlo, Blackie Books suele hacer una buena selección de títulos que publicar (Instrumental o Música de Mierda también han pasado por mis manos). Así pues,  vino perfecto para que detectara uno en la biblioteca y sin darle muchas vueltas me lo llevé para casa.

La historia de Benito Bernal, el sufrido protagonista, es simplona pero trágica en sus modestas dimensiones.  El chico después de dos relaciones un poco así, asá’, lleva mucho tiempo sin porlar (lo mismo que decir follar, pero menos violento), tres añitos de nada que le han afectado al coco y ya anda desperadito el hombre. Tampoco le van bien los negocios, tiene una patente en proceso de venta, él la llama el mocordo, en espera a recibir luz verde. Potencialmente vale millones pero hay que esperar a que Bristol los afloje.

La verdad es que Benito se ha acomplejado con el tiempo, no hay que negar que es un poco inútil realmente y ni la situación en el amor o en los negocios le ayuda a sobreponerse. Conoce a una chica perfecta para él, pero ni aún así consigue quitarse las ganas. Pero no te cuento más porque si no ya no te lees el librito de marras.

La historia es costumbrista, simple y cotidiana, sin mucho aspaviento y con potencial para el humor. Sin embargo, hay una cosa que para mi la lastra: el estilo del autor. Dónde podríamos haber encontrado una lectura fluida, divertida y electrizante nos encontramos con un ejercicio de barroquismo. Una prosa empalagosa, en exceso virtuosa y que se paga mucho de sí misma. Probablemente este ejercicio de estilo está hecho para dotar de espíritu al libro, como la mítica voz de Igantius Reilly en La Conjura de los Necios pero esto no hace que al lector le siente mejor.

La prosa de este libro es como un cupcake: te la comes con los ojos pero luego resulta que a los dos bocados lo que era delicioso acaba haciéndose bola y no hay dios que se acabe la magdalena dichosa. El autor en ocasiones se paga mucho de sí mismo y se enreda en una serie de mordaces ocurrencias, unas más acertadas que otras, que a mi no me aportan demasiado.
Por no hablar de los palabros con los que se expresa. Probablemente el autor tenga un léxico que muchos miembros de la RAE envidiarían o es adicto al diccionario de sinónimos, pero si por mi fuera podría haber dejado el esfuerzo a un lado y dejar las palabras en castellano de ese que entendemos todos y usamos a diario, no era necesario.

Igual es un problema personal y el libro es maravilloso. A pesar de que me lo zampé de un par de sentadas (como hice con los cupcakes) luego me dio dolor de barriga (como pasó con los cupcakes). No deja por ello merecer menos la pena habérmelos zampados.

Me consuela saber que al final Benito Bernal obtiene justo lo que se merece. Si quieres saber qué es, léete el libro ( o mira las últimas páginas) y lo discutimos.

 

 

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