Experiencia Clubber berlinesa: Peregrinaje a la meca del techno (Parte II)

Como pudiste leer en la parte I,  ya habíamos pasado el trago de Berghain. No nos habían dejado entrar pero eso no nos iba a desanimar,  pusimos en marcha el plan B: Tresor.

Tresor es otro de los clubs míticos del techno berlinés el cual cimentó la conexión Berlín-Detroit y del que ha surgido un sello discográfico.  Al parecer el club se ha habituado a dejar pasar a más turistas por lo que sus porteros fueron mucho más amables (mucho más que los de algunos clubs españoles), a pesar de un pequeño tropiezo (literal) que casi nos cuesta la admisión, la atmósfera se relajó e incluso llegaron a bromear con nosotros.

Estábamos dentro.

Una foto publicada por Javi Jiménez (@srjavij) el

Afincado una vieja fábrica Tresor impresiona al neófito. Pasillos interminables donde rebotaba techno metalúrgico entre lo que parecía un set de película de terror. Aquel día dos salas estaban abiertas, una situada en la planta baja, entre un laberinto de pasillos, en lo que, a excepción del increíble equipo de sonido, parecía ser la fábrica tal cual la dejaron. Techos bajos, barandillas de seguridad y las únicas licencias, lumínicas flashes y lásers.  Allí J.C estaba haciendo el “warmup” con tremendos trallazos techno mientras en la planta de arriba, más agradable con un bar y lugar de descanso separado de la pista de baile, pero no por ello con un equipo de sonido peor: esto no es un chill out.  Doka se movía más sutilmente entre ritmos frenéticos.  Esa noche había un Live que no nos perdimos, Mike Storm estaba poniendo los mayores trallazos que haya oído nunca. La sesión comenzó con la sala abarrotada, con sus luces minimalistas de flash y rojos y verdes y poco a poco la gente poco acostumbrada salio de aquel ser que apretaba botones como quién utiliza una prensa hidráulica. Techno crudo, duro y a la jugular, sin demasiadas concesiones, técnicamente ninguna maravilla pero lo compensaba con vísceras. Fue una experiencia alucinante. Más tarde pusimos fin a la noche con la sesión de tres horas de Tripeo que se movía con gracia en una sesión de techno fuerte pero con más concesiones para oídos sensibles.

Al día siguiente habría más, así que no nos quemamos. Salimos al sol de las 5 de la mañana, una de esas cosas en las que no caes cuando te cambias de lugar, las horas del amanacer y el anochecer cambian según te mueves y nos dirigimos a casa en metro.  No hay nada agradable en ningún metro de ninguna ciudad a las 5:30 am, pero a nosotros nos tocó el vagón de los locos. Dos borrachos dormían anestesiados. Un grupo ayudaba a uno de sus amigos a subirse los pantalones con los que batallaba por sujetar y poner en su sitio.

Al día siguiente, una vez descansados y comidos tuvimos una experiencia cercana al after en ELSE. Un club al aire libre muy modosito, afincado junto al río y construido con materiales reciclados: unos asientos de metro por aquí, unos columpios por allá, unos contenedores de mercancías de colores chillones como paredes, una terracita junto al río en la que relajarse mientras los peatones flipan contigo… Un sitio muy auténtico. Ese día el club se ocupaba con un showcase para la presentación de Into the Valley un festival sueco que se realiza dentro de una mina de cielo abierto. Tenía entradas a la venta así que sin nada mejor que hacer y garantizada la entrada decidimos pasarnos.  En el cartel parte del factor de decisión fue nuestro paisano Pional, al que le vimos en Valencia en una de nuestras primeras salidas electrónica y DJ Tennis como invitado principal,  dieron la nota que culminó con lluvia de aquel modoso Open Air lleno de gente sin dormir y otra que prefería la luz del sol para sus sesiones electrónicas.  Y un tipo con un abanico al cuello que utilizaba para simular claps y sin que me quedara claro cómo ni por qué.
Sin título
Si algo fue constante fue la gente heterogénea en cada uno de los clubs, desde soldados del techno con su uniforme full black siempre a la moda, turistas que parecían no saber exactamente donde se habían metido, berlineses que parecian recién salidos del trabajo, gente a la que se le notaba que necesitaba ya una buena siesta y bueno, nosotros. Todo unidos por la magia del soundsystem.

Aquí terminó nuestra experiencia clubber. Con ganas de más dejamos Berlín,  pero volveremos.

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