Experiencia Clubber berlinesa: Peregrinaje a la meca del techno (Parte I)

  • Da igual que nunca hayas pisado un club, si vas a Berlín tienes que vivir al menos una noche en uno. Lo dice hasta la Lonely Planet.

 

Ya sabéis que estuvimos unos días por Berlín (aquí comentamos lo que mola de la ciudad y aquí os enseñábamos algo de su arte urbano) y la verdad es que había mucho hype por conocer de primera mano la escena electrónica de la ciudad. La primera gran prueba fue durante la preparación. ¿Sabéis cuántos clubs hay en Berlín? Tantos como para sentirte abrumado, te lo aseguro. El primer paso fue investigar los que estaban en el TOP de la ciudad ://about blank. Chalet, KitKat, Sisyphos, Tresor… Y por supuesto Berghain.

Tras repasar todos los eventos de Resident Advisor y darme cuenta de que no conocía a prácticamente nadie y sin querer ir a ciegas empecé a investigar y descartar. Finalmente el sábado quedamos en intentar pasar a Berghain y como plan B acercarnos a Tresor a darlo todo. Lo nuestro era el techno fuerte.

Pero nuestra historia clubber no empezó ahí.

Empezó por accidente en el barrio de Friedischain. Tras cenar el mejor burrito de la historia llegamos a un sitio llamado Crack Bellmer. Literalmente fue el primer sitio que vimos  y decidimos pasar a por una cerveza. Reinaba una atmósfera relajada, chill out, un Dj parecía estar poniendo algo de Dub, el techo de luces se encendía y apagaba armoniosamente y los sofás eran comodísimos y más después de llevar el día pateando la ciudad como viles turistas. Tras ponernos Los Payasos de la Tele (literal) el dj comenzó a poner temas de electrónica líquida que fueron dejando paso al house. El sitio se empezó a llenar de gente, resulta que el escondido soundsystem no era para nada tan tímido como aparentaba y tenía pinta de que en una de estas se organizarían pitotes antológicos, pero en esta ocasión nos ganó el cansancio.

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Al día siguiente por sorpresa, también nos encontramos una especie de fiesta privada abierta al público o eso me comentó la chica que nos dejó pasar al menos. Sábado por la tarde, recién bajados del S-Bahn a orillas del río bañado por el sol veraniego salían unos beats houseros. Obviamente había que ver lo que se cocía y allí estaban un grupo de DJs pinchando una sesión de house de vinilo con un buen equipo de sonido, cerveza orgánica y gente aleatoria que pasaba por ahí. Esto solo puede pasar allí, en cualquier otro sitio la policía habría desmantelado el chiringuito. Así que aprovechamos y nos unimos por un rato a esa fiesta improvisada por el colectivo Dissidance que se ve organizan fiestas de ese tipo habitualmente.

Después de los entremeses llegó el plato fuerte. Había que ir a por todas, había que intentarlo, había que vivirlo al menos.

Sí, estamos hablando de  Berghain.

Para quién no lo conozca esta es la iglesia del techno a nivel mundial. Es famoso por las maratonianas sesiones que se prolongan durante todo el fin de semana, por todo lo que sucede en el interior, donde las reglas son diferentes a las del resto del mundo, por su política de no hacer fotos y, desgraciadamente, por su arbitrario control de acceso.

Una foto publicada por Javi Jiménez (@srjavij) el

Entrar en Berghain según muchos es una lotería. Parte de la culpa la tiene el turismo masivo el cual sus porteros tratan de mantener alejado de su paraíso del techno.  Hay mil y una historias para tratar de franquear las puertas, la realidad es que hay que ser un true Berliner techno kid, o tener mucha suerte y saber alemán.

Llegamos muy pronto, el club abría a las 00:00 pero quince minutos antes ya había gente en los alrededores esperando. Reinaba un silencio sepulcral; con tanta gente de negro, en silencio y totalmente seria aquello parecía más bien un funeral que la entrada a un club de techno.
Sonaba hard techno en el desvencijado aparato de sonido de una paraeta cercana pero todo el mundo lo ignoraba, fumaban como si aquel fuera el último pitillo antes de la ejecución, analizaban al resto de asistentes pensando quién tenía posibilidades de entrar y quién no, o simplemente esperaban, mirando al suelo y tratando de pasar desapercibidos.

Hubo movimiento en la puerta así que pronto todos nos acercamos. No habían abierto y la cola ya albergaba varios cientos de personas en completo silencio, sin mirar el móvil, sin mascar chicle, poniendo su mejor cara de gente seria y de “yo aquí entro todas las semanas”.

Todo hay que decirlo, aquello me daba bastante risa.Toda la ceremonía de entrada, la misticidad, el postureo y al final ese poso de elitismo, todo para entrar en una discoteca.  Pero era una de esas risas incómoda que se hiela a mitad de salir. Si era para tanto: había que vivirlo.  La cola fue avanzando y dos parejas charlaban entre dientes sobre sus experiencias anteriores, eran habituales y no era difícil saber por qué: el corte de pelo, las ropas, la actitud, todo indicaba un sí. En comparación nosotros eramos un claro no.

Ellos entraron y cuando llegó nuestro turno fue muy rápido, ni siquiera pudimos ver como nos analizaban, no hubo argumentos simplemente: “sorry, not tonight“. Y ni si quiera nos lo dijo el famoso portero.

Una lástima porque luego Rødhad haría un cierre de 10 horas de Berghain pero como experiencia fue acojonante, tanto como que te la estoy contando aquí, ¡imagínate si hubiera entrado! Con la conciencia tranquila de al menos haberlo intentado y una vez pasado el trámite estábamos mucho más relajados para ir al que era en realidad nuestra opción para la noche: Tresor. Todavía más aliviados cuando vimos que la cola que a nosotros nos había tomado unos quince minutos se había duplicado. Sí tenéis oportunidad probad suerte, pero tampoco tiréis la noche haciendo cola en silencio. ¡Estás en Berlín después de todo!

¡Continúa en la siguiente parte! ¿Pasaremos a Tresor? ¿Cómo de fuerte será el techno? ¿Nos vamos de after? ¿Señores con abanicos? ¡Muy pronto lo sabrás!

 

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